Antes de salir de casa cargó, a hurtadillas, su mochila
grande de montaña con ropa, algo de comida y su libro: Las raíces del mar. Lo leyó por primera vez hace ya mucho tiempo y
desde entonces estuvo ligado a él sin llegar a comprender porqué. Bueno, en
realidad sí sabía porqué pero no quería admitirlo porque para él, encontrar
respuestas no era uno de sus puntos fuertes.
-¡Maldita piedra!- exclamó Yago al tropezar con una roca que
había pasada desapercibida por la oscuridad reinante. Durante una décima de
segundo se tambaleó en el aire y cayó de bruces contra el suelo. Frustrado, intentó levantarse pero se detuvo
inmediatamente al escuchar un ruido cercano.
Tendido sobre el suelo cual
animal que espera termine su agonía, dirigió el inútil rayo amarillento hacia
donde parecía producirse el ruido.
- ¿Quién anda ahí?- dijo Yago con voz queda.
Nadie contestó pero aquel sonido se iba acercando más y más.
Además, ahora podía distinguir que era el sonido de unas pisadas sobre el
camino. Esto turbó tanto a Yago que la única solución que puso a tan confusa
situación fue agazaparse en mitad del camino formando un ovillo humano de carne
y miedo.
De pronto, el sonido cesó súbitamente como si aquel ser
hubiera descubierto algo por lo que detener su armonioso concierto de pisadas. Yago,
en un arrebato de valor (¿o quizás de enajenación?), encendió su linterna alumbrando
el oscuro camino. En ese mismo instante, apareció una luz muy pequeña y con
ella, el desconcertante sonido de pisadas en la noche.
- ¿Quién anda ahí?- vociferó Yago intentando ocultar su
miedo.
En ese momento, una figura humana apareció en medio del
camino observando a relativa distancia la patética posición que mostraba Yago.
- ¿Qué haces ahí, chico?- dijo Mario, alumbrando al extraño
visitante a la cara.
- …- calló Yago.
- ¿Cómo te llamas?- preguntó Mario esperando tener más
suerte esta vez.
- Y-Ya-go… –
tartamudeó, incapaz de controlar su labio inferior cuyo movimiento ahora
pertenecía a sus desbaratados nervios.
- Yo, Mario. ¿Se puede saber que haces a estas horas en un
sitio como esté?- dijo secamente sin acabar de confiar en aquel chaval henchido
de temor.
- He huido de casa… - dijo Yago casi sin poder soltar las
palabras de la boca.
- Mmm ya veo… - contesto Mario dubitativo, pero al final se
decidió a ampararle: - Ven, acompáñame. Debes estar muerto de hambre.
No se dijeron nada más hasta llegar al refugio improvisado
de Mario. Durante todo el camino, Yago
caminó detrás de Mario, arrastrando los pies, abatido. Mientras tanto, Mario
caminaba en silencio, pensando en que ocurriría ahora que su amado plan de
convertirse en ermitaño se estaba viendo trastocado por la presencia de Yago.
Al llegar a la gruta Yago quedó profundamente sorprendido,
pues pensaba que aquel individuo era el guardabosques local y no un errante
desarrapado. Aún así, se internó en la
cueva y buscó un saliente donde sentarse. Mientras, Mario calentaba un bote de judías al
calor de la hoguera.
Aprovechando la espera, Mario trato de indagar en la mente
de Yago para saber que era lo que le ocurría por dentro.
- Dime Yago, ¿porqué has escapado de casa?- preguntó Mario.
-…- Yago seguía sin confiar en aquel hombre.
- Tranquilo, chico. Puedes confiar en mí- apuntó Mario,
exhibiendo una falsa sonrisa de complicidad.
- Mi padre me desprecia… Soy una decepción para él- contestó
Yago mientras sus lágrimas recorrían sus mejillas como pequeños afluentes de
tristeza.
Aquellas palabras tocaron la fibra sensible de Mario haciendo que se
compadeciera de aquel chico.
- Cuéntame que ha pasado- dijo Mario con voz
apaciguadora.
- Mi padre esta orgulloso de mí cuando hago lo que él
quiere, aunque esté mal o no tenga sentido. Pero cuando me niego, él me
rechaza, me insulta, me…. – profirió Yago con un atisbo de ira en su voz.
- Entiendo…- contestó Mario pensativo.
- Tú no entiendes nada – inquirió Yago aun encendido de
rabia.
- ¿Eso es lo que crees? – preguntó Mario incrédulo. – ¿Acaso
te has parado a pensar por qué estoy aquí?
Yago pareció darse cuenta de su desliz y preguntó un poco
más calmado:
- No, ¿por qué?
- Odio a la humanidad – dijo Mario lapidariamente.
Aquella respuesta sorprendió a los dos casi por igual. Yago
borró cualquier ápice de ira y empezó a ponerse nervioso pues empezó a temer a
aquel hombre. Sin embargo, en Mario aquellas cuatro palabras le habían liberado
de su carga, una carga que llevaba mucho tiempo en su cabeza.