sábado, 27 de octubre de 2012

Capítulo 10: Sin rumbo


Iria iba sumida en unos pensamientos muy oscuros que lograron desconectarla del mundo durante un tiempo indefinido. Simplemente, no podía creerse lo que estaba haciendo. Escapar de casa cargada con una maleta excesivamente pesada y unas mochilas, sin ningún rumbo fijo y arrastrando a una niña de cuatro años tras ella, no era el mejor plan del mundo y lo sabía. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?
Trataba de no hundirse aún más en la desesperación cuando escuchó algo y se obligó a concentrarse. Katia sollozaba aferrada de su mano, temblorosa y con las zapatillas cubiertas de barro. Iria se detuvo en seco, soltó la maleta y se inclinó sobre la pequeña.

- Lo siento, princesa. -susurró, apartándole unos largos rizos dorados de la frente.- Sé que estás muy cansada, pero tenemos que seguir…

- ¿Dónde vamos? -preguntó la niña, con la voz entrecortada.- No vamos de excursión, ¿a que no? ¿Qué le ha pasado a mamá?

- Katia… Ahora solo tenemos que caminar, ¿entiendes? -explicó Iria, mirándola a los ojos con la súplica grabada en el rostro.- No puedo responder tus preguntas hasta que hayamos encontrado un lugar donde resguardarnos. No vamos a volver a casa hoy, ni mañana, no sé cuándo vamos a volver. Pero tienes que ser fuerte y valiente, como esas princesas de tus cuentos, porque ahora necesito que lo seas.

Los grandes ojos de Katia estudiaron un segundo a su hermana mayor. Iria temió por un momento que la niña le preguntase, con toda su inocencia, algo que la hiciera derrumbarse del todo. Pero Katia se limitó a asentir enérgicamente, se secó las lágrimas despacio y volvió a sujetar con fuerza a Teddy, el oso de peluche. Reanudaron la marcha de forma más tranquila, y esta vez trataron de darse conversación mutuamente. Iria no tardó en estar totalmente al corriente de cada suceso que ocurría en la guardería a la que asistía Katia durante la semana, aunque en el fondo no estaba poniendo casi ninguna atención a la vocecilla ligera de su hermana. Estaba demasiado preocupada preguntándose dónde ir y qué hacer a continuación. Por eso se limitó a proseguir todo el tiempo hacia adelante, donde sus pies la conducían.
Ya casi al anochecer, cuando no podían dar ni un solo paso más, encontraron un árbol enorme cuyas raíces ofrecían cierto resguardo, emergiendo de la tierra como gruesos brazos cubiertos de musgo. Katia era incapaz de seguir, así que se instalaron allí. Mientras la pequeña trataba de sacudir un poco la suciedad de sus zapatos, Iria rebuscó en la maleta, sacó las mantas y tendió unas cuantas entre dos raíces especialmente acogedoras que dejaban un hueco suficientemente espacioso para las dos hermanas. Ninguna tenía hambre, solo estaban extenuadas. Usando un montón de ropa a modo de almohada, Iria colocó a Teddy a un lado de la cama improvisada y acostó a Katia. Tras arroparla bien con todas las mantas que quedaban, la besó en la frente y se acomodó sobre los pliegues de la raíz más cercana. Observó a su hermana hasta que la vio abrazar al peluche y quedarse profundamente dormida.
Solo entonces, a solas, inmóvil, muy pensativa, dejó caer sobre ella todo el peso de lo acontecido. La angustia, el miedo, la desesperación, la tristeza… todos esos sentimientos que peleaban en su interior desde el momento en que su madre había colgado el teléfono se dispararon como impulsados por un resorte. Colmaron su corazón con tanta fuerza que sintió que se ahogaba.

- Esto no puede estar pasando… -murmuró con un hilo de voz, abrazándose las piernas contra el pecho y apoyando la frente en las rodillas.- No puede ser. Es una pesadilla…

La noche era cerrada sobre ella. Brillaban algunas estrellas en el cielo. Estaba sola en el campo, rodeada de oscuridad, con Katia y sin casa. Su madre probablemente estaba muerta, y su padre las estaría buscando.
Entonces Iria terminó de derrumbarse y rompió a llorar acurrucada en la raíz del árbol. Así fue como se quedó dormida.