viernes, 29 de junio de 2012

Capítulo 5: Sereno

Tras escribir esas dos palabras, su cerebro empezó a reactivarse y con él, su imaginación. Poco a poco, su vieja pluma comenzó a escribir a una velocidad pasmosa, llenando en apenas unos minutos varias paginas de su cuaderno de notas. Como prácticamente todavía no había despertado de su letargo emocional, describió con brevedad lo ocurrido esa misma tarde.

La luz de la luna proyectaba ahora una luz mortecina sobre el paisaje. Las sombras se alzaron entonces como lanzas, unas lanzas que clavaban sus puntas en el suelo agravando la imagen nocturna. Una lechuza surcó el cielo, quizás despertada por el fulgor de la luna, emitiendo un sonido hueco, rompiendo así el silencio sepulcral reinante. Un resplandor casi paranormal proveniente de la cuidad dio al paraje un tono macabro. A pesar de todo, Mario siguió escribiendo en su cuaderno hasta que una densa nube oscura cubrió la luna llena de aquella noche.

En ese instante, aprovechando que apenas tenía luz para escribir, Mario cerró los ojos con suavidad y planificó su siguiente paso. Tenía comida para unos cinco días pero debía encontrar un refugio estable donde poder vivir. Su recuerdo de su antiguo hogar apareció nuevamente en su cabeza. Justo en ese momento, una chispa de luz, una pequeña llama iluminó su subconsciente haciéndole recordar la posición aproximada de la casa. Recordaba de forma difusa una casa de dos pisos con un jardín muy cuidado y una fuente en su centro. Pero lo que más recordaba era su árbol, un álamo negro de ramas sinuosas y agudas, repleto de hojas verdes y delicadas. Para no olvidarse de él, Mario cogió otra vez su cuaderno e hizo un boceto del árbol en una de las hojas del final, lo mejor que le permitía los tenues rayos de luz que se colaban a través de las nubes.

Aquel lugar le hacia sentir bien. Sabía que ya era muy tarde y debía volver a su refugio pero un deseo interno le decía que se quedara. Juguetón, empezó a hacer sombras y figuras con su linterna teniendo como lienzo la obscura noche. Cuando se cansó de ello, cogió su cuaderno de notas y su linterna y empezó a andar por el sendero.

El viaje fue largo pues no quería volver a esa cueva fría y desconocida. Caminaba cansado arrastrando los pies con pesadumbre. Al final llegó a su destino, no sin angustia y desazón por dejar atrás aquel lugar que desde ahora se convertiría en su pequeña atalaya.

Nada más llegar, encendió una pequeña fogata en el interior de la caverna. No tenía frío pero quería ver el interior de la gruta con claridad y, porque no, darle un aspecto más acogedor. La caverna era en realidad una sima con un pozo de aproximadamente, según los cálculos de Mario, unos cincuenta metros. Con la débil luz de la hoguera, el pozo se abría a los ojos de Mario como una boca profunda y oscura dispuesta a comérselo. Como cuando era niño, tiró una piedrecita al fondo de la abertura. Cuando llegó al fondo, produjo un sonido agudo al chocar con el agua estancada.

Así estuvo media hora, tirando piedrecitas al fondo del pozo. En varios momentos, el sonido de la roca al caer sobre la superficie del agua le recordó a la fuente de su antigua casa. Aquel surtidor en el que chapoteaba las calurosas tardes de verano.

No tenía apenas sueño; algo se lo quitaba. Después de muchas cavilaciones descubrió el porque de su insomnio: su excesiva serenidad. Hacia muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto del silencio y la paz. Su vida había sido hasta entonces una espiral de autodestrucción de la que no era capaz de salir, o al menos, no lo intentó lo suficiente. Sin embargo ahora era una simple persona en medio de la nada, una nada que el mismo podría convertir en lo que quisiera.

Lo último que vio Mario antes de caer rendido encima de las acolchadas mantas fue a él mismo como un ermitaño con un largo cetro de madera de roble, caminando por un sendero desconocido. No sabía a donde se dirigía pero le daba igual porque era feliz. 

lunes, 25 de junio de 2012

Capítulo 4: De vuelta a casa

Iria llegó a casa cuando la luna ya estaba alta en el cielo, jadeando y con el corazón acelerado. No había dejado de correr desde que salió de aquella extraña mansión perdida en el campo. Y, curiosamente, había sido capaz de no perderse durante el trayecto de vuelta, a pesar de la densa oscuridad a su alrededor y de no tener ni la más remota idea de dónde se encontraba.

Vivía en un modesto bloque de color rojo ladrillo y techo gris muy próximo a las afueras de la ciudad, de cuatro plantas y sin ascensor. Subió de dos en dos los escalones, hasta el segundo piso. Luego se apresuró a buscar la llave en el fondo del bolsillo del vaquero. Cuando casi las tenía, la puerta de madera oscura de su casa se abrió y el rostro pálido de su madre asomó por el hueco.

- Ya estás aquí. -suspiró, con alivio en su tono.- No me gusta que salgas sola de noche por ahí. Podría ocurrirte cualquier cosa, Iria. Pero, ¿dónde has estado? Mira cómo traes los pantalones…

Iria bajó la mirada. Era cierto, la parte inferior de sus vaqueros estaba llena de ramitas y trozos de hojas secas. Se los sacudió antes de entrar en casa y luego se escurrió al interior depositando un beso fugaz en la mejilla de su madre.

- Te preocupas demasiado. -contestó, tranquilizadora.- No va a pasarme nada, mamá, deberías confiar más en mí… ¿Has cenado?

- Dije que te esperaría. -respondió Clara, enarcando las cejas como si fuera algo obvio.- Ven, es tarde.

- Mañana es sábado, mamá. -le recordó Iria.- No tengo que levantarme temprano.

- Lo sé, lo sé. -asintió la madre, colocando sobre la gastada mesita de la cocina dos platos llenos de salchichas y huevos. Iria cogió un par de tenedores y cuchillos, un puñado de servilletas, y se sentó frente a su plato, al lado de Clara. Las dos eran muy parecidas. Sumamente delgadas, de rasgos delicados, cabello liso y largo de color paja, tez pálida y grandes ojos del tono cálido de la miel. Iria era una versión más joven y viva de Clara, cuya mirada había ido perdiendo brillo con los años, a pesar de que aún era muy joven. Al fondo de sus ojos se adivinaba un cansancio propio de alguien que ya había vivido demasiado tiempo, un cansancio que no debería estar ahí. Y todos en la casa eran perfectamente conscientes de que el padre, Cristian, era el culpable de que aquella miraba se hubiera cansado de brillar.
Tras unos cuantos bocados silenciosos, y retirando de su mente lo ocurrido en el campo, Iria formuló la pregunta que ninguna de las dos quería escuchar.

- ¿Cómo ha ido hoy con… papá? -inquirió, tratando de usar un tono de voz despreocupado, sin conseguirlo. A su madre se le nublaron los ojos un instante, y perdió la mirada en el plato que tenía delante antes de hablar.

- Se ha ido. -respondió, con un hilo de voz.- Dio un portazo y se marchó. Pero volverá mañana, ya lo conoces.

Iria sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta y se obligó a tragar el trozo de salchicha que tenía en la boca para aliviarlo. Sabía que su padre se habría limitado a instalarse durante esa noche en casa de alguna de las “amigas” con las que pasaba el tiempo cuando no estaba en casa. También Clara lo sabía. Por eso Iria odiaba a su padre. No era justo que siempre fuera Clara quien estuviera sufriendo mientras él dormía por ahí tan tranquilo. Iria se tragó un pedazo de huevo frito para contener la rabia que burbujeaba en su interior.

- No debería volver. -susurró, enfadada.- Estamos mucho mejor sin él, y seguro que él está de maravilla sin nosotras.

- No digas eso, Iria. -trató de calmarla la madre, mordiéndose los labios y con una lágrima asomando a sus ojos.- Es tu padre. El problema es su carácter…

En ese instante y de forma automática, Clara se llevó una mano al costado y compuso un gesto de dolor antes de refugiarse nuevamente en su cena.

- Ha vuelto a hacerlo, ¿verdad? -soltó Iria, notando su ira en aumento.- Ha vuelto a pegarte…

- Iria… -comenzó a decir Clara, con alguna posible excusa preparada para justificar a su marido. Pero entonces, una figura pequeña y vestida de rosa entró en la cocina arrastrando un gran oso de peluche blanco.

- No puedo dormir. -anunció Katia, la hermana de cuatro años de Iria, un angelito de rizos dorados y ojos azules. Clara se levantó de inmediato y tomó a la niña entre sus brazos, olvidando la cena por el momento.

- ¿Por qué no puede dormir mi princesa? -preguntó, convirtiéndose de pronto en la madre dulce, divertida y despreocupada.- ¿Quieres que te lea el cuento de Blancanieves? Es tu favorito…

- ¡¡Sí!! -exclamó la pequeña, aplaudiendo, aunque sin soltar al oso enorme.- ¡Hasta mañana, Iria!

- Hasta mañana, hermanita. -le sonrió Iria, de forma algo forzada. Su madre y ella intercambiaron una mirada antes de abandonar la cocina. Admiraba a Clara por su gran fortaleza a la hora de llevar la casa adelante, pero sabía que aquel asunto debía terminar algún día.

Iria terminó de cenar, limpió el plato y los cubiertos y se metió en su habitación.
Se puso el pijama a toda velocidad, dándose cuenta solo entonces de lo cansada que estaba. Después se metió en la cama, se cubrió con la sábana hasta la barbilla y cerró los ojos.

Dio vueltas un rato, inquieta, hasta que el sueño comenzó a vencerla. Antes de dormirse, escuchó los sollozos apagados de su madre en la cocina. Cerró los ojos más fuerte, se estremeció y se durmió prometiendo que alguna vez, Clara jamás volvería a llorar por culpa de Cristian.
Soñó con sombras, sangre y figuras encapuchadas en la noche.

domingo, 24 de junio de 2012

Capítulo 3: Recuerdos

Mario no se volvió para atrás para ver por última vez la gran mole de humo y ruido. Solo siguió caminando hacia delante, nada más. Una vez más estaba solo, y fue  en ese momento cuando se preguntó a sí mismo cuando había dejado de estarlo. Sabía que tenía razón. Desde su infancia se había considerado una persona especial, una pieza fuera de su sitio, un extraño. Y la verdad es que la cosa no cambió mucho desde entonces, o eso pensaba Mario. Sintió una punzada fría en el estómago. Sabía muy bien lo que era: la barrera de serenidad y frialdad que su subconsciente había construido para su protección se estaba derrumbando poco por el agudo filo de la desesperación. Aun así no desfalleció y continuó su camino.

La luna ya se cernía alta sobre su cabeza, proyectando una límpida aura, casi nítida, sobre los árboles y los animales nocturnos. Mario no tenía miedo, a pesar de que muy a lo lejos escuchara un fuerte portazo. Todo su miedo se desvaneció  ese trágico día… pero no quería pensar en ello ahora.

Tenía que buscar un lugar para pasar la noche.  Tras varios minutos que le parecieron interminables, encontró un pequeño saliente en la falda de la montaña bajo el que decidió instalarse por el momento. Antes de instalarse allí, se cercioró de que no estaba ocupado por ningún animal, pues aunque apreciaba a los animales no quería encontrarse con uno en mitad de la noche.

Cuando termino de instalar su “base”, tomó un poco de sus víveres y salió a dar un paseo nocturno acompañado de una pequeña linterna y su cuaderno de notas.  En ningún momento de su travesía giro la cabeza ante los ruidos de la noche. Parecía que caminaba enajenado, llevado por un instinto suicida que le hacia seguir caminando. Al llegar a un claro de esa pequeña selva de sonidos y figuras extrañas, descanso encima de una losa de piedra pizarrosa. Tumbado bocarriba, miró las estrellas sin pensar en nada más. Más de una vez, cuando era pequeño (¿o acaso no había dejado de serlo?) se tiraba en la hierba del jardín a ver las estrellas durante horas y horas. En ese instante, en su cerebro se activó un mecanismo que le permitió recordar aquel fatídico día con claridad. Recordó como su padre, ciego por la ira, mató a su hermano pequeño en su antigua casa. Él sólo tenía siete años cuando sucedió todo pero aún lo recordaba. También recordaba como su madre, meses más tarde, se quitaba la vida atosigada por la presión de su marido y por la angustia de ver muerto a su hijo. Era curioso como se acordaba de aquellos amargos recuerdos mientras que la imagen de su antiguo casa permanecía ahogado por el olvido.

Todos esos pensamientos se esfumaron como una nube de humo al ver pasar una estrella fugaz, tan efímeras como siempre.  En cierto modo se alegró un poco, e incluso esbozó una breve sonrisa,  al ver esa maravilla celeste surcar el manto oscuro de la noche. Y fue ese pequeño gesto el que movió su interior a que escribiera en su cuaderno dos palabras que le levantaron el ánimo: Soy yo. 

viernes, 22 de junio de 2012

Capítulo 2: La casa

Iria se aproximó a la casa con cautela. Cuando estuvo junto a la puerta, se dio cuenta de que había avanzado hasta allí de puntillas. Se rió de sí misma. No tenía sentido intentar no hacer ruido, allí dentro no podía vivir nadie. O al menos, nadie humano.
Sentía un deseo irreprimible por entrar. También uno apremiante por salir corriendo lejos. No sabía cuál de los dos era más fuerte, pero Iria siempre había sido una persona valiente, y muy curiosa. Así que se apañó para que el primer deseo venciera al segundo.

Se recogió varios mechones de cabello rubio pajizo tras las orejas, con un movimiento ágil, y empujó la puerta. Aplicó demasiada fuerza en el golpe y el pesado trozo de madera se abrió velozmente, chocando contra la pared del interior y soltando una lluvia de astillas sobre el suelo. Iria se sobresaltó. Si había alguien cerca, ya debía haberle escuchado llegar.

Miró hacia el interior desde el umbral, inquieta, y un segundo después entró a la casa con paso vacilante.
Sus ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad más densa del interior. Cuando alcanzó a ver algo, comprobó que se encontraba en un vestíbulo grande, desierto, muy sucio. A ambos lados se abrían puertas tan desvencijadas como la de entrada, y una escalinata de mármol oscuro conducía a los pisos superiores, bordeada por una intrincada barandilla metálica que presentaba algunos barrotes partidos.

Iria sintió crecer el miedo en su interior, a la vez que el interés y la emoción. Se encontraba completamente sola, de noche, en medio de ninguna parte y dentro de una casa al parecer abandonada. Nadie sabía dónde estaba. Y todo eso no conseguía más que aumentar sus ganas de continuar, así que sacó el teléfono móvil del bolsillo y configuró al máximo la intensidad de luz de la pantalla para guiarse mejor.

Empezó a investigar, silenciosa y confundida en las sombras. Las dos puertas de su derecha correspondían a un comedor enorme y una cocina. Las tres de su izquierda, a un salón, un baño y un despacho. Todos los muebles estaban rotos y eran sumamente viejos. Alguien parecía haber estado destrozando cada objeto de la casa. Vasos, sillas, cristales, libros… incluso habían intentado rasgar las paredes. En la cocina, los cuchillos estaban clavados en hilera sobre una mesa grande de madera partida en dos. Los demás cubiertos yacían tirados por el suelo. Todo aparecía cubierto de una gruesa capa de polvo y había telarañas en cada rincón. Las cortinas estaban totalmente desgarradas, como si decenas de gatos hubieran estado intentando trepar por ellas. Era tanta la suciedad que Iria apenas alcanzaba a ver las baldosas del suelo.

Dejó atrás la planta baja y comenzó a subir por las oscuras escaleras hacia el piso superior. La luz del móvil dibujaba en las paredes desconchadas sombras extrañas, y el miedo atenazaba el corazón de Iria, aunque la emoción lograba despertar un cosquilleo en su estómago.

La segunda planta consistía en un largo pasillo lleno de puertas, con una estrecha escalera de caracol al fondo. En ese momento, cuando la débil e improvisada linterna bañó de luz su alrededor, Iria recordó una película de miedo que habían visto en familia, en uno de esos momentos únicos e irrepetibles en los que sus padres no estaban discutiendo. En dicha película, un montón de fantasmas espantosos se aproximaban al protagonista por un pasillo demasiado parecido al que ella estaba observando en esos momentos. Sintió, temblorosa, cómo su decisión de seguir adelante se tambaleaba peligrosamente. Pero logró tranquilizarse a tiempo.

- Los fantasmas no existen. -se convenció a sí misma, en voz alta.

Continuó y fue abriendo, una a una, todas las puertas. La mayoría de estancias de la segunda planta correspondía a habitaciones. Había también otros dos baños, y una diminuta biblioteca sin libros. Todas estaban en las mismas condiciones penosas que lo que ya había visto abajo.

De repente una música atronadora quebró el silencio de la casa. Iria grito y dejó caer el móvil, que resbaló al suelo con un golpe seco y levantó una pequeña nube de polvo. Tardó unos segundos en reconocer, con el corazón latiendo a toda velocidad, la música de su timbre de llamada, una canción conocida de la Oreja de Van Gogh.
Intentando respirar con normalidad, se agachó y recogió el aparato, que no dejaba de vibrar. Pulsó la tecla para recibir llamadas y se lo llevó, aún asustada, a la oreja.

- ¡Iria! -exclamó su madre al otro lado de la línea.- ¡Iria! ¡¿Pero dónde estás?! ¿Por qué has tardado tanto en coger el teléfono? Estaba muy preocupada…

- Lo siento, mamá. -contestó Iria, controlando la voz.- Fui a pasear y me alejé demasiado. Pero ya voy, ¿vale? No tardaré mucho.

Sabía que sí tardaría un poco más de lo que su madre consideraba “mucho”, pero prefirió no dar detalles.

- Bien… -respondió Clara, sin mucha convicción.- Vuelve inmediatamente a casa desde donde estés. No me gusta que andes por ahí sola a estas horas. ¡Y recuerda que te espero para cenar!

- No, mamá, cena tú. -trató de convencerla Iria. Pero su madre ya había colgado, a sabiendas de que ella intentaría reprochar. La chica resopló y dio media vuelta para regresar a la escalinata. Estaba en la mitad del pasillo cuando lo escuchó. El crujido casi inaudible de una pisada a sus espaldas.

Iria se aferró al móvil y se volvió con los grandes ojos color miel muy abiertos. No estaba sola. Había alguien con ella en aquella casa abandonada.

Y la vio. Al fondo, en los últimos peldaños de la escalera de caracol, se erguía una figura difusa y oscura. La luz del móvil no permitía distinguir sus rasgos, su vestimenta o sus intenciones. La figura permanecía inmóvil, siniestra y solitaria, al otro extremo del pasillo.
Iria supo que no se quedaría a averiguar quién era o qué quería. Todo el miedo que no había sentido antes, o que había estado intentando reprimir, surgió en ese momento. No hizo ningún ruido, con un grito congelado en medio de la garganta y sin poder despegar los ojos de aquella silueta aparecida de la nada. Luego echó a correr.

Lo último que vio antes de salir de la casa fueron las manchas irregulares de sangre seca sobre el polvo que se extendían por la escalinata, y que antes le habían pasado desapercibidas.

jueves, 21 de junio de 2012

Capítulo 1: De vuelta a la vida

¿Por qué?  pensó Mario tras observar cada centímetro de aquella maldita hoja de admisión, clavada en el tablón. La frustración de Mario fue aumentando cada vez más hasta transformase en ira y, más tarde, en resignación. A pesar de todas las horas extra, todos los sábados perdidos y todos los informes complementados que realizó no obtuvo su soñado ascenso. No. El jefe solo se limitó a encajonarlo en un cubículo como si fuera una maquina, explotándolo hasta la extenuación.  Y ahora que no tenía objetivos decidió darse a la vida, esperando que la muerte llegase, de un momento a otro.

No pensó siquiera en darse a la bebida, eso estaba claro, pues la muerte de su padre en un accidente de tráfico no se había disipado todavía de su cabeza. Era como una bruma que se negaba a dejar el puerto.

Fue entonces, en ese momento de lucidez extrema, cuando presentó su dimisión al tirano que le había robado tanto tiempo de esa vida que aún apreciaba. El proceso fue rápido, cosa que no extrañó a Mario pues siempre había sabido que era una pieza más de aquel rompecabezas diabólico.  Sin embargo, su dimisión no le produjo ninguna satisfacción, sino que ahora se daba cuenta de que el mundo se le venía encima y que, cada vez más, su futuro se volvía más y más oscuro.

Nadie levantó la cabeza cuando salió por la pesada puerta de cristal. Mario se apiadó de aquellas personas que ya no eran más que juguetes en manos de un niño violento y desconsiderado. Mientras salía de aquella fortaleza de cristal y acero, pensó para sí: “Vuelvo a ser yo”.

El aire cargado de la ciudad revolvió los cabellos castaños de Mario hasta enmarañarlos. Pero él no se preocupó porque era feliz y, sobre todo, podía volver a soñar. Era como si esa brisa le hubiera liberado de una maldición que le impedía desvariar. Camino durante media hora hasta llegar a su apartamento apartado del mundo al que un día llamó hogar. Sin pensárselo dos veces tiró la caja encima del raído sofá y metió todo lo que necesitaba para iniciar su nueva vida en una maleta azul marina grande: alimentos, ropa, un par de mantas y un pequeño cuaderno. En ese momento pensó en Antonio Machado al recordar que también él realizó su último viaje muy ligero de equipaje.

Tampoco en el bloque de pisos hubo despedidas. Solo hubo miradas indiscretas de ancianas cotillas que veían por última vez como la figura de Mario se hacia más y más pequeña mientras la ciudad quedaba tan atrás quedando iluminada como un pequeño fósforo en la oscuridad.


Prólogo: Una noche cualquiera de Mayo



No hacía demasiado calor. Tampoco el frío suficiente para volver en busca de un abrigo, a pesar de que llevaba una fina camiseta de tirantes a rayas fucsias y moradas. Iria se encogió de hombros y siguió caminando. No tenía muchas ganas de volver tan pronto. A decir verdad, no tenía ganas de volver nunca. Sus padres habían vuelto a discutir por una tontería. Era absurdo y a Iria aquellas discusiones la alteraban mucho más que a su hermana pequeña, Katia. Katia había crecido acostumbrada a los gritos, a los portazos, al miedo, y conseguía evadirse en sus juguetes en cuanto veía el primer atisbo de tormenta. Iria nunca había podido soportarlo. A sus diecisiete años, era consciente de que las peleas se volvían cada día más fuertes, y los gritos más altos. Y tenía un miedo mucho mayor que el de la pequeña Katia, que lo único que deseaba era no escuchar a sus padres gritarse mutuamente. Iria tenía miedo de verse obligada a jugar algún papel en todo eso, a intentar solucionarlo por el simple hecho de ser mayor. Se sentía ligeramente responsable, sin motivo, de que las peleas continuasen cada vez con mayor frecuencia.

Dio una patada a una piedra del camino, distraída, furiosa consigo misma, con sus padres, con el mundo, y prosiguió su paseo sin rumbo en la noche de mayo. Le gustaba aquel lugar, la hacía sentirse independiente y alejada de la civilización. No era más que un viejo camino rural que se internaba a las afueras de la ciudad y que no conducía a ninguna parte concreta. No había ni una luz, ni una sola persona. Pero Iria no temía la oscuridad, ni tampoco la soledad. Sobre todo, no cuando las necesitaba tanto para esconderse y desaparecer un rato.

El único sonido que oía era el de sus propias pisadas leves sobre la tierra blanda y ligeramente húmeda del suelo. Si se concentraba, podía escuchar muy a lo lejos el rumor fastidioso del tráfico en la ciudad. También los ruidos de los animales nocturnos, en zonas próximas con más vegetación.

Nunca se había alejado tanto, pero esa noche la pelea había sido especialmente dura y quería llegar tan tarde como fuera posible.

Llegó a un punto en el que el camino se bifurcaba en dos, dejando una estrecha franja de hierba crecida salvaje en medio.

Iria optó por el sendero de la derecha y no tardó en adentrarse en la oscuridad cada vez más penetrante del campo abierto. Si miraba atrás, cada vez veía más alejada la mancha de luces de la ciudad.

Dobló un récodo y entonces la vio. Ante ella, oscura y amenazante, se levantaba una casa de aspecto imponente. El techo se alzaba en un pico hacia las estrellas. La fachada estaba cubierta de hiedra, que solo dejaba espacios abiertos en las ventanas, rotas y sin cristales. La puerta colgaba astillada de los goznes, balanceándose a ratos por la suave brisa nocturna. Allí no vivía nadie, o al menos eso era lo que indicaba el aspecto deshabitado y el abandono que transmitía la imagen.

Y por primera vez desde que Iria salía de paseo nocturno por las afueras, tuvo miedo y se olvidó por completo de las peleas entre sus padres.