Tras escribir esas dos palabras, su cerebro empezó a reactivarse y con él, su imaginación. Poco a poco, su vieja pluma comenzó a escribir a una velocidad pasmosa, llenando en apenas unos minutos varias paginas de su cuaderno de notas. Como prácticamente todavía no había despertado de su letargo emocional, describió con brevedad lo ocurrido esa misma tarde.
La luz de la luna proyectaba ahora una luz mortecina sobre el paisaje. Las sombras se alzaron entonces como lanzas, unas lanzas que clavaban sus puntas en el suelo agravando la imagen nocturna. Una lechuza surcó el cielo, quizás despertada por el fulgor de la luna, emitiendo un sonido hueco, rompiendo así el silencio sepulcral reinante. Un resplandor casi paranormal proveniente de la cuidad dio al paraje un tono macabro. A pesar de todo, Mario siguió escribiendo en su cuaderno hasta que una densa nube oscura cubrió la luna llena de aquella noche.
En ese instante, aprovechando que apenas tenía luz para escribir, Mario cerró los ojos con suavidad y planificó su siguiente paso. Tenía comida para unos cinco días pero debía encontrar un refugio estable donde poder vivir. Su recuerdo de su antiguo hogar apareció nuevamente en su cabeza. Justo en ese momento, una chispa de luz, una pequeña llama iluminó su subconsciente haciéndole recordar la posición aproximada de la casa. Recordaba de forma difusa una casa de dos pisos con un jardín muy cuidado y una fuente en su centro. Pero lo que más recordaba era su árbol, un álamo negro de ramas sinuosas y agudas, repleto de hojas verdes y delicadas. Para no olvidarse de él, Mario cogió otra vez su cuaderno e hizo un boceto del árbol en una de las hojas del final, lo mejor que le permitía los tenues rayos de luz que se colaban a través de las nubes.
Aquel lugar le hacia sentir bien. Sabía que ya era muy tarde y debía volver a su refugio pero un deseo interno le decía que se quedara. Juguetón, empezó a hacer sombras y figuras con su linterna teniendo como lienzo la obscura noche. Cuando se cansó de ello, cogió su cuaderno de notas y su linterna y empezó a andar por el sendero.
El viaje fue largo pues no quería volver a esa cueva fría y desconocida. Caminaba cansado arrastrando los pies con pesadumbre. Al final llegó a su destino, no sin angustia y desazón por dejar atrás aquel lugar que desde ahora se convertiría en su pequeña atalaya.
Nada más llegar, encendió una pequeña fogata en el interior de la caverna. No tenía frío pero quería ver el interior de la gruta con claridad y, porque no, darle un aspecto más acogedor. La caverna era en realidad una sima con un pozo de aproximadamente, según los cálculos de Mario, unos cincuenta metros. Con la débil luz de la hoguera, el pozo se abría a los ojos de Mario como una boca profunda y oscura dispuesta a comérselo. Como cuando era niño, tiró una piedrecita al fondo de la abertura. Cuando llegó al fondo, produjo un sonido agudo al chocar con el agua estancada.
Así estuvo media hora, tirando piedrecitas al fondo del pozo. En varios momentos, el sonido de la roca al caer sobre la superficie del agua le recordó a la fuente de su antigua casa. Aquel surtidor en el que chapoteaba las calurosas tardes de verano.
No tenía apenas sueño; algo se lo quitaba. Después de muchas cavilaciones descubrió el porque de su insomnio: su excesiva serenidad. Hacia muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto del silencio y la paz. Su vida había sido hasta entonces una espiral de autodestrucción de la que no era capaz de salir, o al menos, no lo intentó lo suficiente. Sin embargo ahora era una simple persona en medio de la nada, una nada que el mismo podría convertir en lo que quisiera.
Lo último que vio Mario antes de caer rendido encima de las acolchadas mantas fue a él mismo como un ermitaño con un largo cetro de madera de roble, caminando por un sendero desconocido. No sabía a donde se dirigía pero le daba igual porque era feliz.