Iria llegó a casa cuando la luna ya estaba alta en el cielo, jadeando y con el corazón acelerado. No había dejado de correr desde que salió de aquella extraña mansión perdida en el campo. Y, curiosamente, había sido capaz de no perderse durante el trayecto de vuelta, a pesar de la densa oscuridad a su alrededor y de no tener ni la más remota idea de dónde se encontraba.
Vivía en un modesto bloque de color rojo ladrillo y techo gris muy próximo a las afueras de la ciudad, de cuatro plantas y sin ascensor. Subió de dos en dos los escalones, hasta el segundo piso. Luego se apresuró a buscar la llave en el fondo del bolsillo del vaquero. Cuando casi las tenía, la puerta de madera oscura de su casa se abrió y el rostro pálido de su madre asomó por el hueco.
- Ya estás aquí. -suspiró, con alivio en su tono.- No me gusta que salgas sola de noche por ahí. Podría ocurrirte cualquier cosa, Iria. Pero, ¿dónde has estado? Mira cómo traes los pantalones…
Iria bajó la mirada. Era cierto, la parte inferior de sus vaqueros estaba llena de ramitas y trozos de hojas secas. Se los sacudió antes de entrar en casa y luego se escurrió al interior depositando un beso fugaz en la mejilla de su madre.
- Te preocupas demasiado. -contestó, tranquilizadora.- No va a pasarme nada, mamá, deberías confiar más en mí… ¿Has cenado?
- Dije que te esperaría. -respondió Clara, enarcando las cejas como si fuera algo obvio.- Ven, es tarde.
- Mañana es sábado, mamá. -le recordó Iria.- No tengo que levantarme temprano.
- Lo sé, lo sé. -asintió la madre, colocando sobre la gastada mesita de la cocina dos platos llenos de salchichas y huevos. Iria cogió un par de tenedores y cuchillos, un puñado de servilletas, y se sentó frente a su plato, al lado de Clara. Las dos eran muy parecidas. Sumamente delgadas, de rasgos delicados, cabello liso y largo de color paja, tez pálida y grandes ojos del tono cálido de la miel. Iria era una versión más joven y viva de Clara, cuya mirada había ido perdiendo brillo con los años, a pesar de que aún era muy joven. Al fondo de sus ojos se adivinaba un cansancio propio de alguien que ya había vivido demasiado tiempo, un cansancio que no debería estar ahí. Y todos en la casa eran perfectamente conscientes de que el padre, Cristian, era el culpable de que aquella miraba se hubiera cansado de brillar.
Tras unos cuantos bocados silenciosos, y retirando de su mente lo ocurrido en el campo, Iria formuló la pregunta que ninguna de las dos quería escuchar.
- ¿Cómo ha ido hoy con… papá? -inquirió, tratando de usar un tono de voz despreocupado, sin conseguirlo. A su madre se le nublaron los ojos un instante, y perdió la mirada en el plato que tenía delante antes de hablar.
- Se ha ido. -respondió, con un hilo de voz.- Dio un portazo y se marchó. Pero volverá mañana, ya lo conoces.
Iria sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta y se obligó a tragar el trozo de salchicha que tenía en la boca para aliviarlo. Sabía que su padre se habría limitado a instalarse durante esa noche en casa de alguna de las “amigas” con las que pasaba el tiempo cuando no estaba en casa. También Clara lo sabía. Por eso Iria odiaba a su padre. No era justo que siempre fuera Clara quien estuviera sufriendo mientras él dormía por ahí tan tranquilo. Iria se tragó un pedazo de huevo frito para contener la rabia que burbujeaba en su interior.
- No debería volver. -susurró, enfadada.- Estamos mucho mejor sin él, y seguro que él está de maravilla sin nosotras.
- No digas eso, Iria. -trató de calmarla la madre, mordiéndose los labios y con una lágrima asomando a sus ojos.- Es tu padre. El problema es su carácter…
En ese instante y de forma automática, Clara se llevó una mano al costado y compuso un gesto de dolor antes de refugiarse nuevamente en su cena.
- Ha vuelto a hacerlo, ¿verdad? -soltó Iria, notando su ira en aumento.- Ha vuelto a pegarte…
- Iria… -comenzó a decir Clara, con alguna posible excusa preparada para justificar a su marido. Pero entonces, una figura pequeña y vestida de rosa entró en la cocina arrastrando un gran oso de peluche blanco.
- No puedo dormir. -anunció Katia, la hermana de cuatro años de Iria, un angelito de rizos dorados y ojos azules. Clara se levantó de inmediato y tomó a la niña entre sus brazos, olvidando la cena por el momento.
- ¿Por qué no puede dormir mi princesa? -preguntó, convirtiéndose de pronto en la madre dulce, divertida y despreocupada.- ¿Quieres que te lea el cuento de Blancanieves? Es tu favorito…
- ¡¡Sí!! -exclamó la pequeña, aplaudiendo, aunque sin soltar al oso enorme.- ¡Hasta mañana, Iria!
- Hasta mañana, hermanita. -le sonrió Iria, de forma algo forzada. Su madre y ella intercambiaron una mirada antes de abandonar la cocina. Admiraba a Clara por su gran fortaleza a la hora de llevar la casa adelante, pero sabía que aquel asunto debía terminar algún día.
Iria terminó de cenar, limpió el plato y los cubiertos y se metió en su habitación.
Se puso el pijama a toda velocidad, dándose cuenta solo entonces de lo cansada que estaba. Después se metió en la cama, se cubrió con la sábana hasta la barbilla y cerró los ojos.
Dio vueltas un rato, inquieta, hasta que el sueño comenzó a vencerla. Antes de dormirse, escuchó los sollozos apagados de su madre en la cocina. Cerró los ojos más fuerte, se estremeció y se durmió prometiendo que alguna vez, Clara jamás volvería a llorar por culpa de Cristian.
Soñó con sombras, sangre y figuras encapuchadas en la noche.
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