Mario no se volvió para atrás para ver por última vez la gran mole de humo y ruido. Solo siguió caminando hacia delante, nada más. Una vez más estaba solo, y fue en ese momento cuando se preguntó a sí mismo cuando había dejado de estarlo. Sabía que tenía razón. Desde su infancia se había considerado una persona especial, una pieza fuera de su sitio, un extraño. Y la verdad es que la cosa no cambió mucho desde entonces, o eso pensaba Mario. Sintió una punzada fría en el estómago. Sabía muy bien lo que era: la barrera de serenidad y frialdad que su subconsciente había construido para su protección se estaba derrumbando poco por el agudo filo de la desesperación. Aun así no desfalleció y continuó su camino.
La luna ya se cernía alta sobre su cabeza, proyectando una límpida aura, casi nítida, sobre los árboles y los animales nocturnos. Mario no tenía miedo, a pesar de que muy a lo lejos escuchara un fuerte portazo. Todo su miedo se desvaneció ese trágico día… pero no quería pensar en ello ahora.
Tenía que buscar un lugar para pasar la noche. Tras varios minutos que le parecieron interminables, encontró un pequeño saliente en la falda de la montaña bajo el que decidió instalarse por el momento. Antes de instalarse allí, se cercioró de que no estaba ocupado por ningún animal, pues aunque apreciaba a los animales no quería encontrarse con uno en mitad de la noche.
Cuando termino de instalar su “base”, tomó un poco de sus víveres y salió a dar un paseo nocturno acompañado de una pequeña linterna y su cuaderno de notas. En ningún momento de su travesía giro la cabeza ante los ruidos de la noche. Parecía que caminaba enajenado, llevado por un instinto suicida que le hacia seguir caminando. Al llegar a un claro de esa pequeña selva de sonidos y figuras extrañas, descanso encima de una losa de piedra pizarrosa. Tumbado bocarriba, miró las estrellas sin pensar en nada más. Más de una vez, cuando era pequeño (¿o acaso no había dejado de serlo?) se tiraba en la hierba del jardín a ver las estrellas durante horas y horas. En ese instante, en su cerebro se activó un mecanismo que le permitió recordar aquel fatídico día con claridad. Recordó como su padre, ciego por la ira, mató a su hermano pequeño en su antigua casa. Él sólo tenía siete años cuando sucedió todo pero aún lo recordaba. También recordaba como su madre, meses más tarde, se quitaba la vida atosigada por la presión de su marido y por la angustia de ver muerto a su hijo. Era curioso como se acordaba de aquellos amargos recuerdos mientras que la imagen de su antiguo casa permanecía ahogado por el olvido.
Todos esos pensamientos se esfumaron como una nube de humo al ver pasar una estrella fugaz, tan efímeras como siempre. En cierto modo se alegró un poco, e incluso esbozó una breve sonrisa, al ver esa maravilla celeste surcar el manto oscuro de la noche. Y fue ese pequeño gesto el que movió su interior a que escribiera en su cuaderno dos palabras que le levantaron el ánimo: Soy yo.
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