miércoles, 15 de agosto de 2012

Capítulo 8: Huída


Una vez leído el cuento, Iria pidió a Katia que dibujase a Blancanieves. La dejó en la habitación con una cartulina y un puñado de lápices de colores, y se dirigió a la cocina con intenciones de empezar a preparar la comida. No quería que su madre tuviera que hacerlo, sabía que volvería cansada del trabajo.
Mientras sacaba los recipientes que necesitaba de las estanterías, el teléfono que había colgado en el pasillo sonó y la sobresaltó. Iria corrió a contestar, aunque apenas tuvo tiempo de hablar cuando descolgó y se apoyó el auricular en la oreja.
- Iria… -la voz de su madre era angustiosa al otro lado, apenas un murmullo tembloroso.- Iria, cariño, tenéis que marcharos de ahí… Coge a Katia y llévala lejos… Iria, tenéis que daros prisa. Él volverá allí en cuanto me encuentre. Tenéis que dejar la casa, se ha vuelto loco. Iria, quiere matarme…
- ¿Mamá? -Iria empalideció, incapaz de creerlo.- ¿Mamá, qué ocurre? ¿Dónde estás?
- No puedo decirte más, ya llega… -el susurro se hizo aún más bajo, y terminó en un sollozo ahogado.- ¡Iria, marchaos!…
- ¡¡Mamá!! -exclamó ella, muerta de miedo, cuando Clara gritó al otro lado. Pero ya se había cortado la comunicación.- Mamá…
Iria permaneció unos instantes inmóvil, con la mirada perdida en el auricular del teléfono. Luego el pánico y la confusión pudieron con ella. Parpadeó y todo el peso de lo que acababa de ocurrir se situó sobre sus hombros, queriendo hundirla. Deseaba creer que era una broma, pero por mucho que lo deseara, sabía que su madre no gastaba ese tipo de bromas. En realidad, Clara hacía ya bastante tiempo que no gastaba ningún tipo de broma. La joven se estremeció, mientras cada palabra escuchada por el auricular caía en su corazón como un enorme bloque de hielo, congelándolo y haciéndolo pesado, muy pesado. Poco a poco, fue asimilando la información recibida. Y a cada segundo le parecía más y más horrible la realidad a la que se enfrentaba. Una realidad que había imaginado muchas veces, pero que nunca había creído posible. Volvió a estremecerse, aturdida, mientras en sus ojos se agolpaban lágrimas de angustia, terror, desesperación, impotencia, rabia, tristeza… Su interior era un huracán de emociones contradictorias, de pensamientos que luchaban entre ellos y le impedían aclarar la mente.
Después, de improviso, Iria sacudió la cabeza y amontonó todo lo que sentía en un rincón de sí misma, para hacerle frente más tarde. Era consciente de que cuanto más tiempo lo mantuviera apartado, más le iba a costar luego aceptarlo. Pero no le quedaba otro remedio. Debía actuar.
Colgó el teléfono con un golpe brusco y corrió a su habitación. De camino gritó a Katia que cogiese lo necesario y lo metiera en su mochila rosa, pues se marchaban de excursión. Se le encogió el corazón al escuchar el chillido feliz de la niña.
Una vez en su cuarto, Iria sacó su maleta de viaje del armario, la abrió de un tirón y comenzó a meter cosas; varias mudas de ropa, unas toallas, algunas mantas, productos de aseo e higiene, su ordenador portátil, el cargador del móvil, la cámara de fotos… Cuando creyó no dejar nada de valor allí dentro, llevó la maleta a la cocina y la siguió cargando con provisiones. Ni siquiera se fijó en lo que metía, vació el frigorífico y las estanterías a puñados. ¿Qué más daba que ciertos alimentos necesitaran frío? Solo importaba marcharse.
Dio por terminada la cocina en cuanto guardó todos los vasos, cubiertos y platos de plástico que encontró en los muebles. A continuación recogió algunas cosas más del baño y después tuvo que sentarse sobre la maleta para cerrarla. Al levantarla del suelo, se dio cuenta, alarmada, de que pesaba demasiado. Pero eso tampoco importaba ya.
De regreso a la habitación, cogió su mochila y metió en ella el móvil, todos sus ahorros, las llaves de la casa y una linterna. Poco después, guardó también los documentos de identidad y las tarjetas sanitarias de su hermana y ella. Completó la mochila con todo el dinero que encontró en la casa. Su madre siempre había confiado en ella y le había confesado que guardaba dinero en dos zonas de la casa: Bajo su ropa de dormir, al fondo del último cajón de una pequeña cómoda, y detrás de una maceta cuadrada y vieja que tenían en la ventana del salón. Iria lo cogió todo sin preguntarse cuánto era ni molestarse en contarlo.
Cuando salió al pasillo, encontró a Katia con su mochila de peluche rosa colgada a la espalda, el oso blanco y una gran sonrisa.
- ¿Dónde iremos, Iria? -preguntó, conteniendo su alegría.- ¿Vendrá mamá?
- Sí, cariño… -respondió ella, tratando de mantenerse serena.- Pero es una sorpresa, la tenemos que esperar en un sitio. Voy a cogerte algo de ropa y nos vamos, estaremos fuera hasta mañana, ¿no te gusta?
- ¡¡Sí!! -exclamó la pequeña, abrazando con fuerza al oso.- Teddy también está contento, ¿verdad que sí, Teddy?
Iria ya no la escuchaba. Entró en la habitación de Katia y comenzó a recoger la ropa de la niña que vio más necesaria. Tuvo que volver a abrir la pesada maleta y meter a presión aquellas cosas.
Para cuando lo consiguió, ya había pasado más de una hora desde la llamada de su madre. Cogió a Katia de la mano, colocó las llaves de repuesto por dentro de la puerta, agarró la maleta con la mano libre y salieron de allí. Una vez en el rellano, la puerta se cerró. A Cristian le llevaría bastante rato entrar en la casa, pues tendría que llamar a un cerrajero.
Iria suspiró y casi arrastró a Katia y a la maleta a la calle, provocando un gran estruendo en su bajada por las escaleras.
Una vez fuera, se limitó a caminar sin rumbo con la única intención de alejarse de la casa. Caminaron durante mucho rato. Katia preguntó una docena de veces cuánto faltaba para llegar, pero luego se dio cuenta de la expresión que mantenía su hermana y guardó silencio.
Iria solo se detuvo cuando estuvieron a las afueras de la ciudad, muy lejos de su hogar. Y solo entonces se dio cuenta de que estaba agotada. Pero no había tiempo para descansar. Aún quedaba mucho por hacer.

viernes, 10 de agosto de 2012

Capítulo 7: Un visitante inesperado

Los primeros rayos del alba despertaron a Mario de su letargo. Se notaba perezoso pero de ninguna manera, cansado, pues su descanso había sido reparador, muy plácido. En seguida, la pereza desapareció para dar paso a la satisfacción, un sentimiento que fue en aumento cuando Mario empezó a situarse donde se encontraba. La todavía tenue luz matinal, el trino de las primeras aves despertadas, el paisaje verdoso y vivo provocaron que la imaginación de Mario se disparara hacia todas direcciones. El momento fue tan… seductor; el olor de las briznas de hierba mojada por el roció de la mañana llevó a Mario hacia un mundo nuevo de sensaciones; el gorjeo de las avecillas insomnes le pareció la mejor de las melodías y el ambiente, tan vivo y colorido, dibujaron en su mente una pintura de excepcional belleza que costaría mucho superar.

Con un enérgico salto se incorporó y se vistió con celeridad: quería investigar lo que tenía en rededor y, sobre todo, aprender de él. Tomó un trozo de pan y un buen trago de zumo de naranja de bote, que, según él, no se parecía siquiera en el color a las verdaderas naranjas. Sin embargo, a Mario le pareció estar en la gloria al saborear la última gota de zumo del cartón. La verdad es que desayuno poco pues se sentía con fuerzas y energía. A pesar de todo, antes de salir guardo un par de bollos y una botella de agua en su mochila. Sacudió enérgicamente las mantas formando en la pequeña gruta una nube de polvo y guijarros. Guardó las mantas en la maleta, recogió todo lo que había disperso en la caverna y oculto su equipaje en un surco elevado en el interior de la gruta.

Al salir de la cueva, el viento le saludo revolviendo sus cabellos castaños y acariciándole suavemente la mejilla derecha. Al principio, el sol le deslumbró cegándole por un momento y dejándole a merced los elementos.
En realidad no existía un verdadero camino que dirigiera a la gruta, sino que era más bien una ruta enmarañada y sin señalar, llena de baches y dificultades. Poco a poco se iba abriendo dando lugar a un pequeño camino de tierra dura repleto de cantos y gravilla. Apenas había indicios de humanidad, a excepción de las latas y envoltorios de alimentos enzarzados en las ramas de los arbustos.

Sabía exactamente donde quería ir: a la cima de la suave montaña. Incluso antes de haber salido de la gruta, había decidido que iría allí. Desde su pie, la montaña se alzaba imponente y amenazante pero sus pulidos contornos hacían ver lo contrario. Sobre su faz se extendía  cientos de arboles y arbustos silvestres como la retama, la jara pringosa o el tomillo. Todos estos elementos impregnaban el aire de un olor dulce y soporífero.

A mitad de camino,  Mario, a pesar de ser de constitución fuerte y curtido físico, no podía soportar la exigua pendiente que para él se convirtió en un autentico suplicio. A cada paso que daba su corazón latía más y más deprisa, hasta que sus piernas empezaron a fallarle. Mario no alcanzaba a comprender el porqué de su estado. Al final, tuvo que hacerse de un improvisado bastón con la madera de un árbol caído para poder continuar adelante.  

Finalmente, y con mucho esfuerzo, llegó a la cima de aquella pequeña montaña desde la cual podía contemplarse toda la ciudad. Mario permaneció de pie durante unos minutos, atisbando a lo lejos las famélicas farolas y las sombras de la ciudad que antaño fueron personas. Pero todo este ambiente de serenidad se vio trastocado cuando Mario vislumbro en las cercanías de la montaña un pequeño haz de luz que parecía moverse sin  rumbo fijo, aproximándose poco a poco hacia su hogar improvisado.