Una vez leído el cuento, Iria pidió a Katia que dibujase a Blancanieves. La dejó en la habitación con una cartulina y un puñado de lápices de colores, y se dirigió a la cocina con intenciones de empezar a preparar la comida. No quería que su madre tuviera que hacerlo, sabía que volvería cansada del trabajo.
Mientras sacaba los recipientes que necesitaba de las estanterías, el teléfono que había colgado en el pasillo sonó y la sobresaltó. Iria corrió a contestar, aunque apenas tuvo tiempo de hablar cuando descolgó y se apoyó el auricular en la oreja.
- Iria… -la voz de su madre era angustiosa al otro lado, apenas un murmullo tembloroso.- Iria, cariño, tenéis que marcharos de ahí… Coge a Katia y llévala lejos… Iria, tenéis que daros prisa. Él volverá allí en cuanto me encuentre. Tenéis que dejar la casa, se ha vuelto loco. Iria, quiere matarme…
- ¿Mamá? -Iria empalideció, incapaz de creerlo.- ¿Mamá, qué ocurre? ¿Dónde estás?
- No puedo decirte más, ya llega… -el susurro se hizo aún más bajo, y terminó en un sollozo ahogado.- ¡Iria, marchaos!…
- ¡¡Mamá!! -exclamó ella, muerta de miedo, cuando Clara gritó al otro lado. Pero ya se había cortado la comunicación.- Mamá…
Iria permaneció unos instantes inmóvil, con la mirada perdida en el auricular del teléfono. Luego el pánico y la confusión pudieron con ella. Parpadeó y todo el peso de lo que acababa de ocurrir se situó sobre sus hombros, queriendo hundirla. Deseaba creer que era una broma, pero por mucho que lo deseara, sabía que su madre no gastaba ese tipo de bromas. En realidad, Clara hacía ya bastante tiempo que no gastaba ningún tipo de broma. La joven se estremeció, mientras cada palabra escuchada por el auricular caía en su corazón como un enorme bloque de hielo, congelándolo y haciéndolo pesado, muy pesado. Poco a poco, fue asimilando la información recibida. Y a cada segundo le parecía más y más horrible la realidad a la que se enfrentaba. Una realidad que había imaginado muchas veces, pero que nunca había creído posible. Volvió a estremecerse, aturdida, mientras en sus ojos se agolpaban lágrimas de angustia, terror, desesperación, impotencia, rabia, tristeza… Su interior era un huracán de emociones contradictorias, de pensamientos que luchaban entre ellos y le impedían aclarar la mente.
Después, de improviso, Iria sacudió la cabeza y amontonó todo lo que sentía en un rincón de sí misma, para hacerle frente más tarde. Era consciente de que cuanto más tiempo lo mantuviera apartado, más le iba a costar luego aceptarlo. Pero no le quedaba otro remedio. Debía actuar.
Colgó el teléfono con un golpe brusco y corrió a su habitación. De camino gritó a Katia que cogiese lo necesario y lo metiera en su mochila rosa, pues se marchaban de excursión. Se le encogió el corazón al escuchar el chillido feliz de la niña.
Una vez en su cuarto, Iria sacó su maleta de viaje del armario, la abrió de un tirón y comenzó a meter cosas; varias mudas de ropa, unas toallas, algunas mantas, productos de aseo e higiene, su ordenador portátil, el cargador del móvil, la cámara de fotos… Cuando creyó no dejar nada de valor allí dentro, llevó la maleta a la cocina y la siguió cargando con provisiones. Ni siquiera se fijó en lo que metía, vació el frigorífico y las estanterías a puñados. ¿Qué más daba que ciertos alimentos necesitaran frío? Solo importaba marcharse.
Dio por terminada la cocina en cuanto guardó todos los vasos, cubiertos y platos de plástico que encontró en los muebles. A continuación recogió algunas cosas más del baño y después tuvo que sentarse sobre la maleta para cerrarla. Al levantarla del suelo, se dio cuenta, alarmada, de que pesaba demasiado. Pero eso tampoco importaba ya.
De regreso a la habitación, cogió su mochila y metió en ella el móvil, todos sus ahorros, las llaves de la casa y una linterna. Poco después, guardó también los documentos de identidad y las tarjetas sanitarias de su hermana y ella. Completó la mochila con todo el dinero que encontró en la casa. Su madre siempre había confiado en ella y le había confesado que guardaba dinero en dos zonas de la casa: Bajo su ropa de dormir, al fondo del último cajón de una pequeña cómoda, y detrás de una maceta cuadrada y vieja que tenían en la ventana del salón. Iria lo cogió todo sin preguntarse cuánto era ni molestarse en contarlo.
Cuando salió al pasillo, encontró a Katia con su mochila de peluche rosa colgada a la espalda, el oso blanco y una gran sonrisa.
- ¿Dónde iremos, Iria? -preguntó, conteniendo su alegría.- ¿Vendrá mamá?
- Sí, cariño… -respondió ella, tratando de mantenerse serena.- Pero es una sorpresa, la tenemos que esperar en un sitio. Voy a cogerte algo de ropa y nos vamos, estaremos fuera hasta mañana, ¿no te gusta?
- ¡¡Sí!! -exclamó la pequeña, abrazando con fuerza al oso.- Teddy también está contento, ¿verdad que sí, Teddy?
Iria ya no la escuchaba. Entró en la habitación de Katia y comenzó a recoger la ropa de la niña que vio más necesaria. Tuvo que volver a abrir la pesada maleta y meter a presión aquellas cosas.
Para cuando lo consiguió, ya había pasado más de una hora desde la llamada de su madre. Cogió a Katia de la mano, colocó las llaves de repuesto por dentro de la puerta, agarró la maleta con la mano libre y salieron de allí. Una vez en el rellano, la puerta se cerró. A Cristian le llevaría bastante rato entrar en la casa, pues tendría que llamar a un cerrajero.
Iria suspiró y casi arrastró a Katia y a la maleta a la calle, provocando un gran estruendo en su bajada por las escaleras.
Una vez fuera, se limitó a caminar sin rumbo con la única intención de alejarse de la casa. Caminaron durante mucho rato. Katia preguntó una docena de veces cuánto faltaba para llegar, pero luego se dio cuenta de la expresión que mantenía su hermana y guardó silencio.
Iria solo se detuvo cuando estuvieron a las afueras de la ciudad, muy lejos de su hogar. Y solo entonces se dio cuenta de que estaba agotada. Pero no había tiempo para descansar. Aún quedaba mucho por hacer.
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