viernes, 10 de agosto de 2012

Capítulo 7: Un visitante inesperado

Los primeros rayos del alba despertaron a Mario de su letargo. Se notaba perezoso pero de ninguna manera, cansado, pues su descanso había sido reparador, muy plácido. En seguida, la pereza desapareció para dar paso a la satisfacción, un sentimiento que fue en aumento cuando Mario empezó a situarse donde se encontraba. La todavía tenue luz matinal, el trino de las primeras aves despertadas, el paisaje verdoso y vivo provocaron que la imaginación de Mario se disparara hacia todas direcciones. El momento fue tan… seductor; el olor de las briznas de hierba mojada por el roció de la mañana llevó a Mario hacia un mundo nuevo de sensaciones; el gorjeo de las avecillas insomnes le pareció la mejor de las melodías y el ambiente, tan vivo y colorido, dibujaron en su mente una pintura de excepcional belleza que costaría mucho superar.

Con un enérgico salto se incorporó y se vistió con celeridad: quería investigar lo que tenía en rededor y, sobre todo, aprender de él. Tomó un trozo de pan y un buen trago de zumo de naranja de bote, que, según él, no se parecía siquiera en el color a las verdaderas naranjas. Sin embargo, a Mario le pareció estar en la gloria al saborear la última gota de zumo del cartón. La verdad es que desayuno poco pues se sentía con fuerzas y energía. A pesar de todo, antes de salir guardo un par de bollos y una botella de agua en su mochila. Sacudió enérgicamente las mantas formando en la pequeña gruta una nube de polvo y guijarros. Guardó las mantas en la maleta, recogió todo lo que había disperso en la caverna y oculto su equipaje en un surco elevado en el interior de la gruta.

Al salir de la cueva, el viento le saludo revolviendo sus cabellos castaños y acariciándole suavemente la mejilla derecha. Al principio, el sol le deslumbró cegándole por un momento y dejándole a merced los elementos.
En realidad no existía un verdadero camino que dirigiera a la gruta, sino que era más bien una ruta enmarañada y sin señalar, llena de baches y dificultades. Poco a poco se iba abriendo dando lugar a un pequeño camino de tierra dura repleto de cantos y gravilla. Apenas había indicios de humanidad, a excepción de las latas y envoltorios de alimentos enzarzados en las ramas de los arbustos.

Sabía exactamente donde quería ir: a la cima de la suave montaña. Incluso antes de haber salido de la gruta, había decidido que iría allí. Desde su pie, la montaña se alzaba imponente y amenazante pero sus pulidos contornos hacían ver lo contrario. Sobre su faz se extendía  cientos de arboles y arbustos silvestres como la retama, la jara pringosa o el tomillo. Todos estos elementos impregnaban el aire de un olor dulce y soporífero.

A mitad de camino,  Mario, a pesar de ser de constitución fuerte y curtido físico, no podía soportar la exigua pendiente que para él se convirtió en un autentico suplicio. A cada paso que daba su corazón latía más y más deprisa, hasta que sus piernas empezaron a fallarle. Mario no alcanzaba a comprender el porqué de su estado. Al final, tuvo que hacerse de un improvisado bastón con la madera de un árbol caído para poder continuar adelante.  

Finalmente, y con mucho esfuerzo, llegó a la cima de aquella pequeña montaña desde la cual podía contemplarse toda la ciudad. Mario permaneció de pie durante unos minutos, atisbando a lo lejos las famélicas farolas y las sombras de la ciudad que antaño fueron personas. Pero todo este ambiente de serenidad se vio trastocado cuando Mario vislumbro en las cercanías de la montaña un pequeño haz de luz que parecía moverse sin  rumbo fijo, aproximándose poco a poco hacia su hogar improvisado.

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