domingo, 8 de julio de 2012

Capítulo 6: Un presentimiento



Iria se despertó con la sensación de no haber dormido nada. Tuvo demasiadas pesadillas y apenas pudo tener los ojos cerrados un par de horas.
Los primeros rayos de sol entraron por los resquicios de la persiana a medio bajar. Iria se dedicó a observar los haces de luz que resbalaban al suelo o a los muebles, dibujando sombras y dejando tras de sí cientos de motitas de polvo flotando en el aire. Aquella imagen tan simple le transmitía una extraña tranquilidad.
Pero la calma duró poco, y ella lo intuía. Unos golpes ensordecedores la sobresaltaron y casi hicieron pedazos la puerta.

- ¡Iria! -bramó su padre desde el pasillo.- ¡Iria, levántate ahora mismo! ¡Katia necesita que la atiendan! Tu madre se ha largado, supongo que al trabajo, si es que a eso se le puede llamar trabajo…

Iria resopló, ahogando el pensamiento que amenazaba con abrirse paso a través de su boca. Sabía que le traería problemas no controlarse. Se puso en pie de un salto.

- ¡Buenos días, papá! -saludó a gritos, con todo su sarcasmo en acción. No recibió respuesta, su padre ya se había ido.

Al cabo de unos minutos Iria ya estaba vestida y aseada. Echó al cesto del baño la ropa sucia del día anterior, se pasó el cepillo varias veces por su larga melena y atravesó el pasillo hasta la habitación de Katia. Todo era de color rosa allí dentro, desde la pared hasta los dibujos de las baldosas del suelo y las pegatinas en forma de mariposa que parecían revolotear en el techo. Iria se aproximó a la cama de su hermana, donde un bulto acurrucado respiraba bajo un mullido edredón rosa.

- Buenos días, princesa. -susurró, cerca del bulto. Katia emergió de entre las sábanas de forma instantánea y se abalanzó a los brazos de su hermana mayor.

- Hola, Iria. -sonrió, con los ojos azules aún somnolientos y las mejillas sonrojadas.- ¿Y mami? ¿Por qué no ha venido ella a despertarme?

- Está trabajando. -explicó Iria, dándole un beso a su hermana en la frente.- Vamos, te ayudaré a prepararte.

- Yo soy mayor, ¿ves? -Katia se puso en pie torpemente sobre la cama y alzó la barbilla, orgullosa de su nueva altura.- Puedo prepararme sola.

- Claro, por eso solo te ayudaré. -se rió Iria.- ¡Vamos, carrera hasta el baño!

Katia saltó desde la cama y echó a correr hacia el pasillo. Iria la dejó adelantarse y llegar antes. Una vez en el baño, fingió estar cansada.

- ¡¿Cómo puedes correr tanto con esas piernecitas diminutas?! -preguntó, tratando de recuperar la respiración, aunque no la había perdido. Katia la miró con gesto indignado.

- ¡Mis piernas son grandes también! -se apresuró a aclarar. Iria sonrió, la sentó en un taburete y comenzó a peinarla.

- Es verdad, no me había dado cuenta. ¡Pronto me alcanzarás! -elogió a su hermana. Katia asintió, satisfecha, pues eso era lo que había estado esperando escuchar. Cuando terminó de cepillarle el pelo, Iria le lavó la cara y la ayudó a ponerse ropa limpia.

- ¡Lista! -exclamó al terminar.- Incluso Blancanieves te envidiaría.

- ¿De veras? -preguntó la pequeña, abriendo mucho los ojos y ruborizándose.- ¡Entonces también yo tendré un príncipe! ¿Verdad que sí, Iria, verdad?

- ¡Pues claro! Pelearán por ti… -le aseguró la hermana mayor, cogiéndola de la mano y guiándola a la cocina. “Solo espero que todos tus príncipes sean muy diferentes a papá, princesa.”, pensó. Pero no lo dijo, Katia no lo entendería y no quería turbar la felicidad que de pronto se había apoderado de su hermana. Preparó el desayuno para las dos y se encargó de controlar que la pequeña se comiera todo. Después desayunó ella. Era lo que normalmente hacía su madre cuando estaba en casa.

Mientras fregaba los vasos apareció Cristian, con cara de pocos amigos y mirada violenta.

- ¡¡Hola, papi!! -gritó Katia, contenta.- ¿Cómo has dormido?

- ¡No grites! -le espetó él, frunciendo aún más el ceño.- No estoy sordo.

- Lo sé, papi. -respondió la niña en un susurro. Y se quedó callada. No esperaba más de su padre, aunque no dejaba de intentarlo cada mañana. Ya ni siquiera echaba de menos los besos que se suponía que debía darle. Clara e Iria se encargaban de regalarle todos los besos que su padre le negaba.

- Voy a salir. -anunció el padre, bebiéndose de un trago una taza de café muy oscuro. Iria asintió en silencio. Se había dado cuenta de que Cristian estaba excesivamente nervioso esa mañana, no tenía el pulso firme del que alardeaba habitualmente, y era incapaz de permanecer quieto más de dos segundos en un mismo lugar. Quería preguntarle qué había hecho esa noche, dónde había estado y con quién. Quería saber el motivo de tal nerviosismo. Pero todas sus preguntas no implicarían más que gritos y problemas, por lo que decidió no abrir la boca.

Unos minutos después, su padre se marchó de la casa sin despedirse, dando un portazo. ¿Dónde tendría que ir con tanta prisa un sábado por la mañana? No trabajaba en fines de semana.

- ¿Papá no nos quiere? -preguntó Katia con cara de aflicción, arrancando a Iria de su ensimismamiento. La joven se sentó a la mesa de la cocina y miró con una pequeña sonrisa a su hermana.

- Claro que nos quiere. -contestó dulcemente a esa pregunta que Katia formulaba ya a diario.- Solo que papá está muy preocupado por su trabajo y siempre parece enfadado. ¡Pero no es por nosotras, princesa!

- Bueno… -suspiró la pequeña, pensativa.- Pero a mamá no la quiere. ¿Por qué le pega si mamita no hace nada malo?

Iria se mordió el labio inferior con fuerza. ¿Cómo explicarle eso a una niña pequeña? ¿Cómo derrumbar su mundo de hadas y princesas contándole que a veces los príncipes eran los malos del cuento y no había final feliz? Así que lo solucionó con algo que sabía que funcionaría.

- Katia, ¿quieres que te lea Blancanieves? -preguntó, mirándola fijamente. Funcionó.

- ¡Sí, sí! ¡Vamos! -la niña se bajó de la silla velozmente y cogió a su hermana de la mano, tirando de ella. Iria dejó escapar un suspiro de alivio, con la mente perdida en mil cosas diferentes y olvidada por completo de lo sucedido el día anterior en la casa abandonada, aunque muy pronto aquella casa volvería a su cabeza. Y mientras entraba a la habitación rosa de Katia, el desagradable presentimiento de que nunca más volverían a ver a su madre se instaló en su corazón.
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario