jueves, 21 de junio de 2012

Capítulo 1: De vuelta a la vida

¿Por qué?  pensó Mario tras observar cada centímetro de aquella maldita hoja de admisión, clavada en el tablón. La frustración de Mario fue aumentando cada vez más hasta transformase en ira y, más tarde, en resignación. A pesar de todas las horas extra, todos los sábados perdidos y todos los informes complementados que realizó no obtuvo su soñado ascenso. No. El jefe solo se limitó a encajonarlo en un cubículo como si fuera una maquina, explotándolo hasta la extenuación.  Y ahora que no tenía objetivos decidió darse a la vida, esperando que la muerte llegase, de un momento a otro.

No pensó siquiera en darse a la bebida, eso estaba claro, pues la muerte de su padre en un accidente de tráfico no se había disipado todavía de su cabeza. Era como una bruma que se negaba a dejar el puerto.

Fue entonces, en ese momento de lucidez extrema, cuando presentó su dimisión al tirano que le había robado tanto tiempo de esa vida que aún apreciaba. El proceso fue rápido, cosa que no extrañó a Mario pues siempre había sabido que era una pieza más de aquel rompecabezas diabólico.  Sin embargo, su dimisión no le produjo ninguna satisfacción, sino que ahora se daba cuenta de que el mundo se le venía encima y que, cada vez más, su futuro se volvía más y más oscuro.

Nadie levantó la cabeza cuando salió por la pesada puerta de cristal. Mario se apiadó de aquellas personas que ya no eran más que juguetes en manos de un niño violento y desconsiderado. Mientras salía de aquella fortaleza de cristal y acero, pensó para sí: “Vuelvo a ser yo”.

El aire cargado de la ciudad revolvió los cabellos castaños de Mario hasta enmarañarlos. Pero él no se preocupó porque era feliz y, sobre todo, podía volver a soñar. Era como si esa brisa le hubiera liberado de una maldición que le impedía desvariar. Camino durante media hora hasta llegar a su apartamento apartado del mundo al que un día llamó hogar. Sin pensárselo dos veces tiró la caja encima del raído sofá y metió todo lo que necesitaba para iniciar su nueva vida en una maleta azul marina grande: alimentos, ropa, un par de mantas y un pequeño cuaderno. En ese momento pensó en Antonio Machado al recordar que también él realizó su último viaje muy ligero de equipaje.

Tampoco en el bloque de pisos hubo despedidas. Solo hubo miradas indiscretas de ancianas cotillas que veían por última vez como la figura de Mario se hacia más y más pequeña mientras la ciudad quedaba tan atrás quedando iluminada como un pequeño fósforo en la oscuridad.


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