jueves, 21 de junio de 2012

Prólogo: Una noche cualquiera de Mayo



No hacía demasiado calor. Tampoco el frío suficiente para volver en busca de un abrigo, a pesar de que llevaba una fina camiseta de tirantes a rayas fucsias y moradas. Iria se encogió de hombros y siguió caminando. No tenía muchas ganas de volver tan pronto. A decir verdad, no tenía ganas de volver nunca. Sus padres habían vuelto a discutir por una tontería. Era absurdo y a Iria aquellas discusiones la alteraban mucho más que a su hermana pequeña, Katia. Katia había crecido acostumbrada a los gritos, a los portazos, al miedo, y conseguía evadirse en sus juguetes en cuanto veía el primer atisbo de tormenta. Iria nunca había podido soportarlo. A sus diecisiete años, era consciente de que las peleas se volvían cada día más fuertes, y los gritos más altos. Y tenía un miedo mucho mayor que el de la pequeña Katia, que lo único que deseaba era no escuchar a sus padres gritarse mutuamente. Iria tenía miedo de verse obligada a jugar algún papel en todo eso, a intentar solucionarlo por el simple hecho de ser mayor. Se sentía ligeramente responsable, sin motivo, de que las peleas continuasen cada vez con mayor frecuencia.

Dio una patada a una piedra del camino, distraída, furiosa consigo misma, con sus padres, con el mundo, y prosiguió su paseo sin rumbo en la noche de mayo. Le gustaba aquel lugar, la hacía sentirse independiente y alejada de la civilización. No era más que un viejo camino rural que se internaba a las afueras de la ciudad y que no conducía a ninguna parte concreta. No había ni una luz, ni una sola persona. Pero Iria no temía la oscuridad, ni tampoco la soledad. Sobre todo, no cuando las necesitaba tanto para esconderse y desaparecer un rato.

El único sonido que oía era el de sus propias pisadas leves sobre la tierra blanda y ligeramente húmeda del suelo. Si se concentraba, podía escuchar muy a lo lejos el rumor fastidioso del tráfico en la ciudad. También los ruidos de los animales nocturnos, en zonas próximas con más vegetación.

Nunca se había alejado tanto, pero esa noche la pelea había sido especialmente dura y quería llegar tan tarde como fuera posible.

Llegó a un punto en el que el camino se bifurcaba en dos, dejando una estrecha franja de hierba crecida salvaje en medio.

Iria optó por el sendero de la derecha y no tardó en adentrarse en la oscuridad cada vez más penetrante del campo abierto. Si miraba atrás, cada vez veía más alejada la mancha de luces de la ciudad.

Dobló un récodo y entonces la vio. Ante ella, oscura y amenazante, se levantaba una casa de aspecto imponente. El techo se alzaba en un pico hacia las estrellas. La fachada estaba cubierta de hiedra, que solo dejaba espacios abiertos en las ventanas, rotas y sin cristales. La puerta colgaba astillada de los goznes, balanceándose a ratos por la suave brisa nocturna. Allí no vivía nadie, o al menos eso era lo que indicaba el aspecto deshabitado y el abandono que transmitía la imagen.

Y por primera vez desde que Iria salía de paseo nocturno por las afueras, tuvo miedo y se olvidó por completo de las peleas entre sus padres.

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