Iria se aproximó a la casa con cautela. Cuando estuvo junto a la puerta, se dio cuenta de que había avanzado hasta allí de puntillas. Se rió de sí misma. No tenía sentido intentar no hacer ruido, allí dentro no podía vivir nadie. O al menos, nadie humano.
Sentía un deseo irreprimible por entrar. También uno apremiante por salir corriendo lejos. No sabía cuál de los dos era más fuerte, pero Iria siempre había sido una persona valiente, y muy curiosa. Así que se apañó para que el primer deseo venciera al segundo.
Se recogió varios mechones de cabello rubio pajizo tras las orejas, con un movimiento ágil, y empujó la puerta. Aplicó demasiada fuerza en el golpe y el pesado trozo de madera se abrió velozmente, chocando contra la pared del interior y soltando una lluvia de astillas sobre el suelo. Iria se sobresaltó. Si había alguien cerca, ya debía haberle escuchado llegar.
Miró hacia el interior desde el umbral, inquieta, y un segundo después entró a la casa con paso vacilante.
Sus ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad más densa del interior. Cuando alcanzó a ver algo, comprobó que se encontraba en un vestíbulo grande, desierto, muy sucio. A ambos lados se abrían puertas tan desvencijadas como la de entrada, y una escalinata de mármol oscuro conducía a los pisos superiores, bordeada por una intrincada barandilla metálica que presentaba algunos barrotes partidos.
Iria sintió crecer el miedo en su interior, a la vez que el interés y la emoción. Se encontraba completamente sola, de noche, en medio de ninguna parte y dentro de una casa al parecer abandonada. Nadie sabía dónde estaba. Y todo eso no conseguía más que aumentar sus ganas de continuar, así que sacó el teléfono móvil del bolsillo y configuró al máximo la intensidad de luz de la pantalla para guiarse mejor.
Empezó a investigar, silenciosa y confundida en las sombras. Las dos puertas de su derecha correspondían a un comedor enorme y una cocina. Las tres de su izquierda, a un salón, un baño y un despacho. Todos los muebles estaban rotos y eran sumamente viejos. Alguien parecía haber estado destrozando cada objeto de la casa. Vasos, sillas, cristales, libros… incluso habían intentado rasgar las paredes. En la cocina, los cuchillos estaban clavados en hilera sobre una mesa grande de madera partida en dos. Los demás cubiertos yacían tirados por el suelo. Todo aparecía cubierto de una gruesa capa de polvo y había telarañas en cada rincón. Las cortinas estaban totalmente desgarradas, como si decenas de gatos hubieran estado intentando trepar por ellas. Era tanta la suciedad que Iria apenas alcanzaba a ver las baldosas del suelo.
Dejó atrás la planta baja y comenzó a subir por las oscuras escaleras hacia el piso superior. La luz del móvil dibujaba en las paredes desconchadas sombras extrañas, y el miedo atenazaba el corazón de Iria, aunque la emoción lograba despertar un cosquilleo en su estómago.
La segunda planta consistía en un largo pasillo lleno de puertas, con una estrecha escalera de caracol al fondo. En ese momento, cuando la débil e improvisada linterna bañó de luz su alrededor, Iria recordó una película de miedo que habían visto en familia, en uno de esos momentos únicos e irrepetibles en los que sus padres no estaban discutiendo. En dicha película, un montón de fantasmas espantosos se aproximaban al protagonista por un pasillo demasiado parecido al que ella estaba observando en esos momentos. Sintió, temblorosa, cómo su decisión de seguir adelante se tambaleaba peligrosamente. Pero logró tranquilizarse a tiempo.
- Los fantasmas no existen. -se convenció a sí misma, en voz alta.
Continuó y fue abriendo, una a una, todas las puertas. La mayoría de estancias de la segunda planta correspondía a habitaciones. Había también otros dos baños, y una diminuta biblioteca sin libros. Todas estaban en las mismas condiciones penosas que lo que ya había visto abajo.
De repente una música atronadora quebró el silencio de la casa. Iria grito y dejó caer el móvil, que resbaló al suelo con un golpe seco y levantó una pequeña nube de polvo. Tardó unos segundos en reconocer, con el corazón latiendo a toda velocidad, la música de su timbre de llamada, una canción conocida de la Oreja de Van Gogh.
Intentando respirar con normalidad, se agachó y recogió el aparato, que no dejaba de vibrar. Pulsó la tecla para recibir llamadas y se lo llevó, aún asustada, a la oreja.
- ¡Iria! -exclamó su madre al otro lado de la línea.- ¡Iria! ¡¿Pero dónde estás?! ¿Por qué has tardado tanto en coger el teléfono? Estaba muy preocupada…
- Lo siento, mamá. -contestó Iria, controlando la voz.- Fui a pasear y me alejé demasiado. Pero ya voy, ¿vale? No tardaré mucho.
Sabía que sí tardaría un poco más de lo que su madre consideraba “mucho”, pero prefirió no dar detalles.
- Bien… -respondió Clara, sin mucha convicción.- Vuelve inmediatamente a casa desde donde estés. No me gusta que andes por ahí sola a estas horas. ¡Y recuerda que te espero para cenar!
- No, mamá, cena tú. -trató de convencerla Iria. Pero su madre ya había colgado, a sabiendas de que ella intentaría reprochar. La chica resopló y dio media vuelta para regresar a la escalinata. Estaba en la mitad del pasillo cuando lo escuchó. El crujido casi inaudible de una pisada a sus espaldas.
Iria se aferró al móvil y se volvió con los grandes ojos color miel muy abiertos. No estaba sola. Había alguien con ella en aquella casa abandonada.
Y la vio. Al fondo, en los últimos peldaños de la escalera de caracol, se erguía una figura difusa y oscura. La luz del móvil no permitía distinguir sus rasgos, su vestimenta o sus intenciones. La figura permanecía inmóvil, siniestra y solitaria, al otro extremo del pasillo.
Iria supo que no se quedaría a averiguar quién era o qué quería. Todo el miedo que no había sentido antes, o que había estado intentando reprimir, surgió en ese momento. No hizo ningún ruido, con un grito congelado en medio de la garganta y sin poder despegar los ojos de aquella silueta aparecida de la nada. Luego echó a correr.Lo último que vio antes de salir de la casa fueron las manchas irregulares de sangre seca sobre el polvo que se extendían por la escalinata, y que antes le habían pasado desapercibidas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario